junio 29, 2009

Leonardo Moledo: Al infinito y más allá

La ciencia busca saber. ¿Siempre es mejor saber?
–Calma un poquito la angustia: no saber produce pánico, a veces. Aunque lo que sepas pueda ser terrible, como que va a haber un terremoto, siempre permite tomar algunas medidas. No sé si es mejor saber o no que te vas a morir en seis meses, en cambio. Con respecto al conocimiento del Universo, siempre es mejor saber. Si conocés el mecanismo que está detrás del fenómeno, lo podés explicar y deja de asustarte. Si en la noche sentís un golpe en el vidrio, que se repite a intervalos regulares, te asustás; pero si averiguás y resulta que es un pájaro, te calmás.

En los tres ejemplos que puso aparece el miedo.
–Claro, lo desconocido produce miedo. Incluso se vive como amenazador. Y eso, supongo, es una vieja técnica de supervivencia de la especie. Es más seguro considerar a lo desconocido como peligroso que como amistoso. Ante algo que viene de afuera es más seguro cuidarse. Eso habrá constituido nuestra subjetividad.

¿Y los mitos ocupan esos espacios?
–Muchas veces, sí. El mito es el lugar más seguro, porque sabés exactamente qué va a pasar. Es la representación o la puesta en acto de una leyenda, de algo que no se conoce. Con pautas muy bien trazadas: sabés qué va a venir después de cada cosa y que en un momento se restablece el orden. Después, en el mundo exterior, es más difícil, porque las cosas resultan imprevisibles. Todas las religiones tienen mitos en forma de celebraciones que buscan dar seguridad.

Y hay un placer, un regodeo, en el mito.
–Además de la seguridad, el mito da el placer de arrancarte al espacio y al tiempo cotidiano. Te lleva a otro escenario y a otro tiempo. Se realiza en recintos sagrados: suelen desarrollarse en la iglesia, en la escuela, en distintos templos. La escuela es el templo del saber: ¿por qué? Porque hay un corte mental con el afuera.

Leonardo Moledo habla en el bar La Orquídea, una esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa, Almagro. Este matemático, profesor y periodista, editor del suplemento Futuro de este diario, pasa mucho tiempo en este sitio. Aquí, de hecho, es que el Comisario Inspector Díaz Cornejo, el protagonista de Los mitos de la ciencia, uno de los dos libros que acaba de publicar, explica a Moledo, a los parroquianos, a los lectores, sobre el origen y la razón de ser de asuntos tales como la alquimia, los extraterrestres, la tierra plana, la Atlántida, la brujería. “Estamos condenados al conocimiento –escribe–. Si Occidente fabricó una historia mitológica que comienza con el delito de conocer, el pecado en su forma más pura, no existe otra redención posible que llevarlo hasta sus últimos esfuerzos a devorar una tras otra las manzanas del árbol; al fin y al cabo fue precisamente una de esas manzanas la que cayó a los pies de Newton y le permitió tomar las riendas del mundo.”

El otro libro se llama Lavar los platos, fue escrito a dúo con el periodista científico Ignacio Jawtuschenko y se trata de una respuesta inspirada en aquella célebre frase del ex mítico Domingo Cavallo, un ex funcionario de la dictadura y ex ministro de Economía menemista y aliancista. En 1994, ante la advertencia de la investigadora Susana Torrado en cuanto a que los indicadores de desocupación habían crecido, Cavallo le recomendó a esta socióloga especializada en Demografía que se dedicara a fregar la vajilla. El exabrupto es el punto de partida y la excusa para entrelazar diez entrevistas a científicos de diversas áreas: la propia Torrado para evocar aquel suceso devenido en escándalo, el arqueólogo Daniel Schávelzon para contar sobre el uso de los platos a través de la historia, la química Lidia Galagovsky para explicar las propiedades del jabón y el detergente, el doctor en Ciencias Naturales Fernando Novas para hablar sobre los orígenes del agua en el planeta, y así.

¿Qué signó aquella frase de Cavallo?
–Quedó en la historia como un superministro que despreciaba lo más genuino que hay en el saber, la investigación científica. La desocupación venía creciendo despacio, pero en ese momento dio un salto y Susana Torrado lo advirtió públicamente: acá está pasando algo grave. Fue un antecedente de lo que iba a pasar después. Cavallo reaccionó: “Que esa mujer se vaya a lavar los platos”. Nunca la nombró: “Esa mujer”, decía. Y después involucró a todos los científicos. Querían privatizar el Conicet. Entonces se nos ocurrió este libro, donde queda demostrado que a través de los platos y la tarea de lavarlos podés conocer el Universo, averiguar de todo. En el siglo XIX, Faraday daba conferencias en las que prendía una vela y a partir de ahí explicaba todo. Y lo hacía, curiosamente, ante obreros. En ese momento, un poco como ahora, la ciencia era un factor de ascenso social. Durante mucho tiempo este tipo de conferencias era un juego de aristócratas, pero éstas eran populares.

¿La idea del libro es reciente?
–Sí. Esa frase quedó, es histórica. Es un hito, porque además la predicción de Torrado se cumplió estrictamente. Cada vez que habla un secretario o un ministro de Ciencia, cita La Noche de los Bastones Largos y la frase de Cavallo.

¿Cambió mucho el panorama desde entonces?
–Desde ya. Que se haya pasado de secretaría a ministerio habla de una política de Estado. O sea, la aplicación de la ciencia al desarrollo y la constitución de empresas con un fuerte componente tecnológico que no haya que comprar llave en mano. El problema del campo que surgió ahora se debe en parte a que la soja transgénica tiene una facilidad tremebunda para ser sembrada y cosechada, y entonces avanza sobre los otros cultivos. Esta soja es puro desarrollo científico, se banca todo y da más plata. Pero esto es una visión de corto plazo, porque a la larga se agota la tierra.

¿Le mandó el libro a Cavallo?
–No. Es una buena idea, aunque no me cae simpático. Cuando uno piensa lo que hizo, al servicio de quién estuvo, el desastre que dejó, no dan ganas de mandárselo. De alguna manera el libro es una réplica.

En comparación con los ‘90, parece haber mucho más espacio para la ciencia en los medios, incluso en la televisión abierta. ¿Lo percibe así?
–Creo que se debe a dos cosas. La ciencia y la literatura, a lo largo de mucho tiempo, dio la ciencia ficción: más o menos dura o fantástica, entre Asimov y Ursula K. LeGuin. Yo creo que el género ya no está produciendo tanto. Y por otro lado hay, felizmente, un retroceso de la posmodernidad, el correlato cultural del capitalismo liberal. Todo era asimilable a relatos, que después se elegían como en una góndola de supermercado. Nada tenía valor especial. Ahí surgió un movimiento anticientífico que asimiló el discurso oficial al de la religión, algo que en este momento sostienen los grupos más reaccionarios de Estados Unidos, los creacionistas, o los de la ciencia cristiana, grupos de derecha que tratan de impedir que se enseñe la teoría de Darwin. La posmodernidad tomó la parte mística de la ciencia, agitó ese costado especial que tiene, de dar cuenta de algunos fenómenos del Universo, y dejó de lado lo que tiene de valor de verdad y de mejoramiento real de la vida humana. Aunque puede producir catástrofes, también. En general, de todos modos, veo progreso.

¿A la Iglesia le molesta mucho la ciencia?
–Ahora no parece molestarle demasiado. Algunos grupos de ultraderecha, especialmente protestantes, están armando lío acerca de la Teoría de la Evolución, la espina más terrible que tienen clavada. Y en la Iglesia y los colegios católicos el tema se maneja con mucho cuidado. Pero en el Vaticano tienen un elenco científico muy importante. Y no nos olvidemos que los países musulmanes, incluso integristas, han hecho desarrollos fabulosos de energía nuclear. La religión y la ciencia chocaron en el siglo XVII, con el emblemático juicio a Galileo. Pero eso está quedando atrás.

¿Pero el relato de la ciencia no desmiente todo el tiempo al relato de la religión?
–Desde ya. Pero salvo en grupos muy integristas, el relato religioso se toma como mitológico. Nadie pretende leer la Biblia al pie de la letra.

¿Le parece?
–En algunos grupos, no: los testigos de Jehová, los integristas norteamericanos.

¿No cree, entonces, que el relato religioso es tomado y creído literalmente por multitudes, todavía, en el mundo?
–No sé si es así. Una persona que haya cursado el secundario, que paradójicamente recibió toda la información científica que se conoce, por ahí maneja códigos de acuerdo con el ámbito: un adolescente habla de un modo con sus amigos y de otro con los padres o profesores. Y no necesita identificar eso, decir “bueno, ahora estoy hablando con...”, lo hace automáticamente, una cosa bastante asombrosa. Sospecho que con el tema de la religión pasa algo por el estilo. La jerarquía eclesiástica es muy ignorante y en la Argentina, además, es muy reaccionaria: ejerce presión sobre el sistema educativo. Estamos, sí, en una época de resurgimiento de fundamentalismos: hay más religión ahora que hace cincuenta años. Espero que sea un fenómeno transitorio. La religión, de todos modos, da respuestas que no se pueden encontrar de otra manera: un dolor muy grande, no encontrar trabajo. Entre gente muy cultivada, incluso científicamente, hay rituales como ponerse una corbata o usar un amuleto. Esos rituales socializados y condensados producen peregrinaciones como la de San Cayetano. Es lógico que ante ciertas cosas, como la impotencia de la medicina, que despejó montones de enfermedades que pasaron al olvido pero todavía no puede con el cáncer o el Alzheimer, los desesperados vayan a consultar a quienes les hacen creer que se van a curar, manosantas, santos. Es obvio que no sirve para nada, a menos que la autoconfianza, ese tipo de cosa, tenga algún efecto temporal del que todavía no se sabe. Es tanto lo que no se sabe que hay márgenes para todo. Incluso hay gente que cree en los extraterrestres y que se le aparecen. En Estados Unidos hay una sociedad de abducidos.

Yo tenía una vecina, ya fallecida, que también estaba convencida de que en cualquier momento la iban a contactar.
–En general son abducciones muy raras. Suele ser medio absurda la conducta de los extraterrestres: en vez de llevarse a alguien que les pueda contar, se llevan a viejitas que miraban todo el tiempo televisión.

Vuelvo al asunto de la divulgación: busca, en sus libros, y también lo observo en los programas de cable y televisión, ser entretenido, contar con humor. Esquivan la solemnidad.
–La ciencia es un relato y cuenta historias. Siempre digo que la divulgación científica es la continuación de la ciencia por otros medios. La masificación de la ciencia es otro elemento; empiezan a aparecer películas que muestran a los científicos como tipos ordinarios, que se corren del estereotipo del sabio loco que por un lado es distraído y por otro reúne todo el saber, lo consultan cuando nadie sabe qué hacer. En este momento, el movimiento científico es enorme, se publican muchos libros, hay programas.

¿Cómo surgió ese personaje, Díaz Cornejo?
–Es un viejo personaje, ya actuaba en mis novelas y en una sección del suplemento Futuro. Es un policía muy particular al que le gusta la metafísica, que tiene dificultades con la institución y una visión escéptica del mundo. Yo diría que su antecedente es Isidro Parodi, el peluquero-detective de Bustos Domecq. El Comisario Inspector dice que la policía regula la metafísica de la sociedad, que su intención no es reprimir el delito sino regular.

¿Pero por qué un policía? ¿Por el enganche que genera el registro del género?
–Claro. Muchas veces los detectives prototípicos del género tienen otra vida, vienen de otro lado, no se trata estrictamente de la máquina policial. Pepe Carvalho, el detective de Vázquez Montalbán, es un tipo cultísimo, amante de la cocina, que ha luchado contra el franquismo: no es un mero engranaje detectivesco. Montalbano, el de Camilieri, ha leído mucho y tiene también la historia de la comida. En cambio Wallander, el de Mankell, es un policía cualquiera y refleja lo que sería una investigación científica. La tarea detectivesca es racional, casi una teoría matemática.

Da la impresión de que la ciencia ha dado un salto muy grande en los últimos diez o quince años. ¿Qué opina?
–Bueno, siempre parece eso. Obviamente, hay épocas con más desarrollo que otras. Esta es una época de mucho, pero no sé si más que a principios del XIX, con la máquina de vapor, la locomotora. Hay cosas que se ven con el tiempo: hace 3 millones de años, el homínido empezó a adoptar la posición erecta, bípeda, que todavía no está totalmente consolidada, como lo muestran los numerosos problemas de espalda; bueno, de ese período, la vida se alargó especialmente en los últimos 10 mil años. Mirando el todo te das cuenta de que tenemos raíces profundas que no se ven.

La ciencia es subversiva, dice.
–Sí, porque cuestiona y no acepta el principio de autoridad. No alcanza con que se diga que algo es así: necesita contrastación pública. Pero a partir de resultados erróneos también se abren caminos: Tycho Brahe, por ejemplo, con razones bastante sensatas rechaza el sistema de Copérnico y arma uno propio que no resultó correcto, pero sirvió para desbancar el otro y para nutrir de datos a Kepler, que no tiene miedo de pensar en elipses porque ya no cree en las esferas. Otro ejemplo es el del flogisto, un concepto erróneo que, sin embargo, organizó toda la química.

¿Cuáles son las preguntas que la ciencia se propone responder que le generan más expectativas?
–Están las grandes preguntas cosmológicas, si el Universo se está acelerando en su expansión o no, cómo fueron los primeros instantes. Después están las preguntas del mesomundo, que no están nada resueltas; los problemas relacionados a la física del sólido. En medicina, qué es la conciencia, el estado consciente. En biología todavía hay bastante que saber. El problema de la geología planetaria, cuántas estrellas tienen o no planetas, el hallazgo de alguno parecido a la Tierra que todavía no se puede observar con los métodos actuales, porque son muy chiquitos. Va por ahí.

La ciencia, en perspectiva, ¿tiene componentes de mito?
–El científico, en general, trabaja con los mitos, con un sustrato que contiene los mitos, los prejuicios de la época. A algunos los conoce y a otros no. Copérnico no podía imaginarse que no fueran circulares las órbitas, porque eso era un prejuicio en su época y él no lo sabía. Y así supongo que vivimos nosotros también en torno de cosas que ni nos imaginamos y las damos como ciertas. Romper con los prejuicios lleva años.

Angel Berlanga
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