octubre 24, 2005

La flor de mi secreto


Florencia de la V, 28 años. De los carnavales de Llavallol y la noche gay a la comedia familiar más vista de la televisión.


¿Cuántas reinvenciones caben en tu cuerpo? ¿Cuántas veces te convertiste en otra cosa? La biografía de Florencia de la V, la diva nacional definitiva, es la historia de una reconstrucción. Y eso no implica únicamente la decisión de travestirse. En efecto, el episodio medular de esta historia ocurre en 1993, momento en que nuestra heroína, por entonces un gay de Llavallol con el acelerador a fondo, se desentiende de su condición biológica y sale a la noche de Monte Grande vestida para matar. Se aturde de alcohol y caricias fugaces y, al amanecer, mareada de felicidad frente al espejo, llega a una conclusión irreversible: "No me saco la pollera nunca más".

Desde esa noche inolvidable, su revisión del yo comienza a operar en todos los órdenes, no sólo en la identidad de género. La vida de Florencia se convierte en materia maleable, la épica mutante de un chico iluso que se cría en el barro y termina destellando, voluptuosa y mordaz, en las marquesinas del Centro y en la comedia familiar más exitosa de la televisión argentina. Una versión total de la mujer que se inventó a sí misma, con todos los ingredientes de las leyendas del espectáculo.

En ese camino, Florencia recurre a varios rasgos de la narrativa de aventuras. Es el mocoso que quiere escapar de casa con un circo; es el mariquita precoz que engaña a un terapeuta conductista; es el puto más divertido y sagaz del barrio; es una adolescente grácil e introvertida que, en los carnavales de Zona Sur, se resiste a montarse la indumentaria de la comparsa; es una expulsada que vaga por la noche sin proyectos ni futuro aparente; es la reina de la escena queer de Buenos Aires; le hace perder la cabeza a un Gladiador Americano en un boliche de Ocean Drive; se cuela en el jet set mediante operaciones de prensa falaces. Y finalmente se convierte en Laisa Roldán, la bestia de los 40 puntos de rating y el primer gran golpe de una comediante asombrosa. Y todo eso antes de cumplir los 30.

Es agosto. estoy en las bambalinas del teatro Lola Membrives. Rolo Puente fuma en una ratonera que hace las veces de camarín. Lleva puesta una bata de seda sintética estampada de arabescos; las piernas huesudas se extienden hasta el zócalo. En algún punto de ese sucucho, entre la mirada pálida del veterano y las hilachas de humo azul, parece flotar el fantasma del esplendor de la calle Corrientes.

Los tacazos de Florencia de la V, vedette y capocómico a los 28, me arrean hasta el final del pasillo, el camarín de la primera figura: Acá estuvieron Olinda Bozán, Tita Merello, Susana Giménez, me dice Flor mientras se maquilla, imperturbable. Un asistente se asoma y le pregunta si necesita algo. “Una Coca común y una Bayaspirina, por favor.

Se dice que los que hacemos teatro de revista no tenemos sangre en las venas... Tenemos champagne. Me sonríe a través del espejo, entorna los ojos y levanta ligeramente el mentón, apelando a un rictus de condesa gélida que, luego de un par de encuentros, aprenderé a decodificar: está siendo terminante. Graciosa, enigmática y terminante.

Florencia es una mujer a primera vista seria, refinada y, de a ratos, un poco melancólica. No le lleva mucho tiempo entrar en confianza, pero fuera de su círculo íntimo se mantiene como una persona distante. Casi no se mezcla con el resto del elenco. Ultimamente está demasiado ocupada. “El trabajo en el espectáculo es como la vida de los leones”, me explica agrandando los ojos. “Una vez que empezás a matar, le agarrás el gusto y querés cazar presas cada vez más grandes.”

La voracidad estelar de Florencia creció como la gula de su personaje televisivo: desde que, en una escena ya antológica del primer capítulo de Los Roldán , la Isabel se mete un tremendo pancho en la boca (el prematuro highlight erótico pop de la televisión familiar 2004), Florencia comenzó a absorber luces y afecto de un modo alucinado, de a ratos peligroso. La ansiedad fue cada vez mayor, me cuenta y se recarga de rímel. Quería hacer más cosas y explorar campos que ni me hubiera imaginado. Pero mirame ahora: no tengo ni un día libre. Se detiene y frunce el ceño, como si acabara de darse cuenta. Elegí esta vida pensando que no iba a ser tan difícil, pero no creo que sea aconsejable hacerlo durante muchos años, porque me van a internar. Ni siquiera puedo disfrutar lo que me pasa. Un artista espera esto toda su vida, pero a la larga te das cuenta que todo no se puede. El cuerpo aguanta, pero no sé hasta qué punto.”

En esta noche helada de sábado, luego de una semana intensa de grabación, tiene que protagonizar dos funciones de (Una revista) diferente. Para colmo, después del Membrives se disfrazará de Laisa e irrumpirá en un cumpleaños de 60 para cantar el hit “La gata” a cambio de algunos billetes. Aun en la cima de la popularidad, de la V no descuida aquello que la llevó al estrellato: las changas.

Los altoparlantes del teatro “dan los cinco” para salir a escena. Cientos de espectadores –matrimonios veteranos, jubiladas solitarias, pajeros de diversa índole– esperan la apertura del telón. Allí aparecerá Florencia enfundada en un vestido rojo, haciendo playback sobre una versión de Cabaret”, rodeada de un dispositivo de bailarines, vedettes y comediantes. Hacia el final, en los mejores quince minutos del show, de la V se destapará con un monólogo en el que condensa toda su experiencia de barrio bajo, vida nocturna y supervivencia en la farándula.

“Cuánto viejo que hay hoy. ¿Qué pasó? Soltaron al pami”, rompe el hielo. “Miren que si no aplauden me meto adentro, prendo una vela negra y les hago cagar sangre.” Carcajadas. Sobre Moria: “Cómo se puso... Mirá si llego a decir que es una conchuda.” Más risas. Sobre la audiencia: “¿Hay algún puto acá, además de los bailarines? Acá se hacen mucho los machos, pero si tirás una pija al aire no llega al piso seguro”. Ovación femenina. Sobre su estado de ánimo: “Acá ando, esquivando el éxito. Apunada de tanto estar en la cima”. Aplausos. Sobre su primer encuentro con Sofovich: “Me comí la bombacha de los nervios”. Sobre Rolo Puente: “Ahora se le dio por tomar Viagra, pero más que nada para no mear la tabla”.

“Uno va adoptando frases”, me explicará después. “Eso es muy de gay, y muy de barrio. ¿Viste que el gay es muy de sitcom, muy de tirar gags todo el tiempo? Yo odio el bache. Siempre hay que meter un bocadillo que te despegue. Cuando empecé me preguntaron si se me acercaban mucho los tipos. Y yo dije: «Bueno, al que le gusta el durazno, que se aguante la pelusa.» Y quedó.”

¿En que casillero del tablero queres ser/ travesti mediático cabe esta rompecorazones? A diferencia de Cris Miró, que tuvo a su cargo la ingrata tarea de “abrir camino” (o al menos una ranura), de la V está a punto de trascender el rótulo genérico para convertirse en una comediante de carácter. A diferencia de la española Bibi Andersen, que basó su fama en la mímesis casi perfecta del cuerpo femenino, Florencia construyó un tipo de belleza personal y ambigua, sin deshacerse del todo de los rastros de su pasado de testosterona. A diferencia de Cal Stephanides, el hermafrodita que protagoniza la gran novela Middlesex (del norteamericano Jeffrey Eugenides), su decisión no se ancla en una peculiaridad del quinto cromosoma: Florencia nunca sintió haber nacido en el cuerpo equivocado (y eso la ubica, casi accidentalmente, junto a la avanzada teórica que descarta el paradigma genérico bipolar: varón/mujer). Como Fernando Peña, resquebrajó varios presupuestos de su universo de pertenencia. Pero mientras Peña surgió de la alta burguesía para convertirse en ícono contracultural mediatizado, Florencia hizo el camino inverso: empezó en los márgenes de la noche y acabó seduciendo a la familia argentina en el horario central de Telefé. Lo dicho: de la V es un caso único.

Ahora bien, ¿cómo llegamos a este momento de fama, vestidos de strass y persecuciones periodísticas? La reconstrucción del pasado propio es una tarea compleja. ¿O acaso nunca se te dio por idealizar, simplificar o exagerar episodios de tu vida? En el caso de una travesti, toda esa reinterpretación se potencia significativamente. Si cambiar tu identidad de hombre a mujer es una revolución personal, ¿cómo no alterar y darle forma caprichosa al resto de tu existencia? En el decisivo ensayo Cuerpos desobedientes, travestismo e identidad de género, Josefina Fernández escribe : “El travestismo incluye cambios de roles e identidad, no sólo de lo masculino y femenino, sino también de la realidad y la fantasía. En muchos sentidos es, en sí mismo, una fantasía, un medio de proyección de un modo de ser diferente”.

Florencia parece ejercer una práctica cotidiana de borramiento, digestión y recuperación de muchos de los rastros de su pasado. Refiriéndose a etapas idénticas de su vida, puede recordarse invariablemente desenfadada e introvertida, charlatana y muda. Y en ese proceso de reinvención (que todos vivimos, pero no siempre de un modo tan completo), algunas cosas desaparecieron y otras reaparecen, mutadas, al cabo de un par de temporadas en el olvido. Vayamos por partes.

Capítulo 1 : Casa de muñecas

Todo empieza el 2 de marzo de 1976, quince minutos antes de las 11 de la mañana, en una sala del Hospital de la Madre y el Niño de Resistencia, Chaco, hoy convertido en una mole oscura en la que opera el Casino Gala. Sabina Báez, una costurera misionera, y Claudio Trinidad, un maestro mayor de obras paraguayo, tienen en poco más de un año a su segundo hijo varón, a quien bautizan Roberto Carlos.

La familia vive en una casita de Villa Los Lirios, un barrio de calles de tierra en el Sur de Resistencia. Florencia no puede recordar el período chaqueño de la fábula, porque al poco tiempo los Trinidad se mudan al Sur del conurbano bonaerense. Tampoco recuerda el capítulo que corresponde a su madre, porque antes de que la memoria ilumine los primeros tramos del relato, Sabina muere de cáncer.

Claudio trabaja como obrero metalúrgico y se instala con sus dos hijos en una casa pequeña situada en la calle 1° de Marzo y Doyhenard, en Llavallol. Roberto se cría allí junto a su hermano mayor, su padre, la nueva pareja de su padre y los dos hijos de la madrastra en tránsito.

A esta altura, Florencia es un chico fantasioso que asiste a la escuela primaria Nº74, a un par de cuadras de su casa. Cuando se retrotrae a ese tiempo, piensa en el pasto escarchado que pisaba en el trayecto al colegio. Lo odiaba, pero su padre no le permitió faltar a clase jamás. “Siempre fui bastante inteligente, pero era vaga. Estaba en la luna. Me la pasaba inventando historias. Entretenía a la clase.” Las telenovelas, las películas clásicas por atc y los Sábados de súper acción consumían buena parte de su atención. Una tarde, la figura de Liza Minnelli en Cabaret se le presentó como una especie de revelación: resuelta y distinguida, plástica y distante. Algunos atributos que, años después, contribuirían a moldear su identidad femenina.

Estamos en uno de esos momentos en que la fábula adquiere una forma tan concisa y profética que huele a biografía ficcional. A los 8 años, el chico devoraba las telenovelas de Verónica Castro y Andrea del Boca con el frenesí de una mucama soñadora. Pero la asistencia al turno tarde de la escuela atentaba contra su adicción a Rosa salvaje, Los ricos también lloran, El derecho de nacer... “Por las novelas me pasé a la mañana”, cuenta Florencia. “Hice todo un teje en el colegio y un día llegué a casa diciéndole a mi papá que me pasaba a la mañana porque la tarde estaba excedida de gente. Era tremenda. Siempre fui muy novelera. Laisa Roldán tiene mucho de eso: es trágica. Todo es el llanto, el sufrimiento.”

Las tardes en Llavallol habían mejorado. La casa estaba vacía, el televisor estallaba de amoríos desgarradores y nuestra heroína podía disfrazarse de lo que se le antojara, incluyendo intromisiones en el placard de la madrastra. Según asegura Florencia hoy, su identidad psicosexual estuvo definida desde siempre. Le atraían los varones, le gustaban las muñecas y detestaba al terapeuta que su padre le obligaba a visitar. “Yo pensaba que era mujer, que en algún momento iba a cambiar. No lo hablaba con nadie. En mi casa jugaba con muñecas. Pero cuando iba a lo del terapeuta, me ponían autos y muñecas y yo elegía los autos. Era loquita, no boluda.”

Desde muy pequeño, al igual que muchas travestis, manifestó un impulso por abandonar el hogar paterno. La primera vez que intentó llevarlo a la práctica fue a los 8 años, cuando vio la película El circo, en la que Andrea del Boca se fuga de su casa. “Yo quise hacer lo mismo. Armé la valija y me fui a un circo pulgoso a veinte cuadras de casa. Me sacaron cagando.”

Capítulo 2: Despertando a la vida

Florencia tiene una respuesta para casi todo conflicto o virtud personal: un recurso que se desprende de la combinación de su pragmatismo barrial y una módica elaboración psicoanalítica. Una tipa de barrio que empezó a hacer terapia en el momento en que la curva de la fama comenzó a pronunciarse. “Internamente, siempre quise cortar vínculo con mi casa, por las dudas de todo. Por si me iba, para no extrañar tanto. Eso me hizo bastante independiente.”

–¿Tenía algo que ver con que temías ser rechazada?

–Capaz que tenía que ver con un poco de todo. Yo siempre fui muy autista en mi casa, desde muy chica. A medida que fui creciendo, más todavía. Nunca fui muy familiera. Soy bastante solitaria.

–¿No te ves con tu familia?

–Sí. Los veo una vez por mes, por ahí. Ahora un poco más. Mañana voy a llevar a mi sobrina a ver a Barney. ¿Sabés dónde lo dan?

Como ignoro el dato, volvemos atrás. A los 12 años, mientras trabajaba de cadete en una tintorería, tuvo otro de esos momentos reveladores: vio a Locomía en Bunker. “Era Alcatraz”, recuerda con los ojos fuera de órbita. “Los hombres se besaban. Te juro que me dio miedo y placer al mismo tiempo. No podía creer que en la Argentina estuviera pasando eso.”

Apenas terminó la primaria, y luego de que un compañero de séptimo grado le robara un beso en la boca, resolvió mudarse a La Plata, a la casa de una tía. El primer año de la secundaria asistió a la enet Nº5. “Como te decía, siempre quise huir de mi casa. Nunca me pude quedar con lo pactado.”

El clima universitario de la ciudad le “abrió la cabeza”, pero después de un año comenzó a extrañar. Volvió a Llavallol con el pelo largo y se inscribió en el turno vespertino de la Media Nº2, de modo que pudiera trabajar durante el día. “Cuando empecé en La Plata, todo calladito, no se daban cuenta que era gay. Pero ese año terminé hecho una loca de atar. Estaba curtido, lejos de mi casa. Era un plumero. Entré al secundario de acá sin que me importara nada. Los compañeros no me podían decir nada, porque yo era más puto que las gallinas. Tenía una actitud tan asumida que la gente prefería no meterse conmigo. La pasé brutal. Era la reina del colegio.”

Después de la tintorería, atendió un videoclub. Aprovechó el empleo para ver películas. Si en la infancia Liza Minnelli había representado la hipérbole de lo femenino, a comienzos de los 90 el referente fue la refinada Julia Roberts en Mujer bonita .

A los 15 años, un compañero de clase lo invitaba a la casa para confiarle secretos sobre él y su novia (una ex amiga de Florencia). Después de algunos coqueteos y sesiones de televisión, se besaron y tuvieron sexo. “Era un amor flasheado, imaginate. Un día me invitó a ver una película a la casa, de noche. Mi papá no me dejó. Al otro día no volví a mi casa. Estuve como una semana afuera. Paraba en lo de la hermana del chico. Ahí quebré otra barrera con mi papá. Desde entonces no me dijo nunca más nada.”

Cuando todavía era un adolescente, tenía el pelo negro y lacio, “como una Azúcar Moreno”. En el barrio se lo conocía como “La Freddy”. Atraía a hombres y mujeres por igual, aunque las mujeres siempre le provocaron “alergia” (ninguna fantasía lésbica). Tenía aspecto femenino y cuando salía de noche con sus compañeros del secundario, asegura, solían confundirlo con una chica. “Hasta que un día mis amigas me dijeron: «¿por qué no nos vestimos todas?»”

Capítulo 3: Biología no es destino

Hasta los ultimos tiempos del colegio secundario, Florencia no se imaginaba que terminaría travistiéndose. Hasta esa noche en que se calzó la pollera, salió de rueda nocturna por Monte Grande y experimentó una asfixiante ráfaga de felicidad; una travesti, para ella, equivalía a una excentricidad de Carnaval. “En el barrio, cerca de casa, se armaba un corso bárbaro con Los Dementes de la Loma. Yo a veces me subía a los micros, me iba a Burzaco y de repente veía que bajaban cuarenta travestis que no lo podías creer. Algunos eran un desastre, pero otras eran increíbles. Yo pensaba: ¿cómo hacen para estar así? Los viejos putos comparseros me decían «nena, vos tené que tomar hormona». Pero me daba miedo. Y las lindas no te decían nada, las hijas de puta. Imaginate ese micro: era un cogedero de gatos. A mí me querían sacar a bailar, pero nunca acepté. Me quedó como asignatura pendiente.”

Marcela Ramallo, una travesti que baila en los carnavales de Zona Sur desde hace veinticinco años, recuerda el día en que Florencia se acercó por primera vez a un ensayo de Los Dandys de Llavallol. “Era brava, como toda persona que recién comienza. Mucha personalidad. Se vino a un ensayo de la comparsa y no fue tan bien recibida. Venía a querer imponerse a un territorio que desconocía. La comparsa ya estaba armada con brillo, con plumas, pero a ella ese tipo de ropas no le iban. Tenía el pelo largo, era flaquita. No tenía pechos, pero estaba vestida de mujer. Pretendía salir de pollera de jean y top, el pelo suelto y nada más.”

Lo que ocurrió, según explica la nunca escrita autobiografía de Florencia de la V, fue que su travestización conllevó un proceso de introspección. Cuando era un varón gay, Florencia era explosiva. Desde el momento en que empezó a travestirse, prefirió pasarse de pudorosa. “Siendo travesti no podía andar con una pandereta en el culo, porque ser travesti ya es naturalmente llamativo. Siempre pensé que con un travesti es suficiente. Dos son multitud, una comparsa. El travesti no es consciente de sus movimientos.” Sonríe y menea los hombros a la par de los pechos. “Y yo pensé: más vale que vaya yo solita. Dentro de todo, a la noche todos los gatos son pardos.”

Después de terminar la secundaria, Florencia –que había heredado la máquina de coser de su madre y tenía buena mano para confeccionarse vestidos– se inscribió en la carrera de Diseño de Indumentaria en la uba, pero la abandonó rápidamente. Para esa época, el vínculo con su padre estaba diluido. Vagaba de casa en casa, sin ningún rumbo cierto. Tuvo algunos trabajos pasajeros en el conurbano y frecuentaba el circuito gay de Capital, pero empezaba a ver que la vida de una travesti pobre no tenía nada que ver con la de Julia Roberts. Fue una de esas noches de 1995 que Roly Sanova, un diseñador chaqueño que por entonces compartía un departamento de Corrientes y Salguero con su hermano Eduardo, la encontró llorando en un banco de la Plaza Almagro, diciendo que para ella el mundo se había acabado.

“Estaba re-mal”, cuenta Roly. “Había tenido problemas en la casa y no sabía qué hacer. La invité a vivir con nosotros. Estuvimos juntos tres años, hasta el 98.” Era momento de elegir un nombre en serio. Despojarse del cabaretero y permisivo “Karen” que usaba hasta entonces y optar por un nombre más discreto. Roly fue quien terminó rebautizándola. “Le sugerí Florencia. Y le puse una parte del apellido de mi mamá, que es Meave de la Vega.”

“¿Sabés qué difícil es empezar, de un día para el otro, a vivir tu vida en femenino? Imaginate. Me llevó un tiempo asimilar todo eso”, dice Flor con un mohín de aflicción. Experimentó brevemente con algunas hormonas, pero el tratamiento químico la aterraba. Era hora de enfrentar a su familia por primera vez. Aprovechó el casamiento de una prima: se confeccionó un vestido “divino” y entró desfilando sobriamente a la iglesia San Franciso de Asís de Llavallol. Nadie de su familia se acercó a decirle nada. “Creo que los dejé sin palabras.”

Para entonces, su estética femenina estaba predeterminada: generacionalmente, Florencia se sitúa entre la travesti veterana que imita a la vedette despampanante y la del último tiempo, que tiene como espejo idílico a la lolita. “Yo siempre supe que la gente se confundía con el travestismo, que fue lo que me llevó a mí a ser travesti”, explica. “Si bien empezó todo como un juego, darme cuenta que quería ser travesti era una cosa seria. No era joda. Tenía que evaluar muchas cosas. Y entonces prioricé mi felicidad. Hasta que no lo hice, no sabía qué era lo que realmente me hacía feliz. A mí me mató. Pero eso no quería decir que me convirtiera en un carnaval carioca caminando. Ahí está la diferencia. Yo quiero ser mujer, no una caricatura. Y con el tiempo me di cuenta que, a medida que te relajás, podés ser mucho más femenina que cuando pretendés acentuar los rasgos de mujer.”

Capítulo 4: El camino a la fama

En los primeros tiempos de la transformación, los hermanos Sanova fueron algo así como los Malcolm McLaren y Vivienne Westwood de Florencia de la Vega. A comienzos de los 90, Eduardo y Roly organizaban desfiles en el Chaco con modelos andróginos y diseños de vanguardia, algo difícil de asimilar en una ciudad como Resistencia. “Yo le hinchaba mucho las pelotas para que se exhibiera de forma más femenina. Le cargamos las pilas con el tema maquillaje, peluquería, producción”, cuenta Roly. “Le ayudamos a construir la imagen. Mi hermano, además, tenía muchas conexiones en los medios. Ibamos a los lugares donde teníamos que estar: Morocco, El Cielo, Pacha...”

Florencia todavía no había entrado en el quirófano. Y si de algo estaba segura, es que no quería saber nada con la silicona líquida. “Muchas travestis, cuando están aburridas, empiezan a inyectarse silicona industrial por todos lados: las tetas, la cadera, el mentón, la frente, los pómulos... Y así quedás hecha un Muppet. He visto algunas bellezas que terminaron destruidas por la silicona líquida.”

En el 96, el cirujano Raúl López Bandera lo puso así: “Vos no podés andar sin tetas”. “Sí, parezco Valeria Mazza”, admitió Flor. Y así fue que tuvo sus primeras y moderadas prótesis mamarias, que por aquellos silicofílicos años menemistas se conseguían a unos 4 mil dólares el par. “Fue lo mejor que me pasó en la vida”, asegura. ¿Pero cómo llegó al voluminoso pecho plástico que, en estos días, remata su aplanador metro ochenta (o casi)? “Me volví a operar años más tarde, porque las que me habían puesto eran muy chiquitas. Fue con Gustavo Sampietro, el mismo que me hizo la depilación definitiva.”

Con su flamante adquisición pectoral, Florencia comenzó a trabajar de drag queen . Desfilaba en discotecas, promocionaba un solárium en Belgrano, se consagraba reina de Bunker por enésima vez... El círculo parecía cerrarse: sólo podría trabajar de travesti. En un punto, le resultaba descorazonador.

Viajó a Miami con un amigo, un poco de vacaciones, otro poco para probar suerte. Sirvió tragos en Mambo, un boliche en Ocean Drive. “Los americanos se enloquecían conmigo, porque era morocha, me daban buenas propinas. Para mí, que no tenía ninguna perspectiva, que no tenía ni idea qué iba a hacer con mi vida, estaba bien.” Thomas, un luchador que participaba en Los gladiadores americanos , se enamoró con desesperación y le propuso matrimonio. “Estaba enloquecido”, recuerda Florencia con el tipo de sonrisa que usa para definir turbulencias benignas. Es una sonrisa que combina estupor y un dejo de sarcasmo. “Yo le dije que sí, pero al final me vine para acá. Me siguió llamando a mi casa hasta cuatro años después.” Imaginen a esa pareja: una travesti de Lomas y un titán del catch televisivo yanqui. No pudo ser.

En el 96, de regreso a Buenos Aires, Florencia y los Sanova organizaron dos operaciones de marketing para insertarla en el jet set. Una fue en la entrega de los Martín Fierro. Le diseñaron un vestido de gala negro y verde, alquilaron una limosina blanca y llevaron a Florencia hasta el lugar de la ceremonia. Eduardo y Roly se mezclaron entre la gente y comenzaron a gritar el nombre de la misteriosa dama. De la Vega irrumpió, altiva y electrizante, y las cámaras se abalanzaron como si se tratase de una verdadera estrella. “Fue todo un montaje”, recuerda Roly. “Y funcionó.”

La segunda operación fue cuando el rrpp de Morocco, Hugo “Guga” Pereyra, le presentó a David Copperfield. Aunque el hecho no pasó a mayores, desde la tevé chimentera se alentó la hipótesis de que el mago había “cambiado a Claudia Schiffer por una travesti argentina”. La prensa compró la “noticia” y Florencia, estratégica desde el comienzo, negó el rumor con la sonrisa ambigua de los cazadores de fama.

Al poco tiempo, el productor Ernesto Medella, mano derecha de Carlos Rotemberg, citó a Florencia en una oficina de Canal 9. Cris Miró había contraído una neumonía y alguien tenía que ocupar el lugar de la travesti en el elenco de Más pinas que las gallutas , la obra de Hugo Sofovich que se representaba en el Tabarís. “Yo no ganaba un sope. Hacía algún que otro desfile, alguna que otra promoción, pero andaba siempre con lo justo. Con un poco de suerte, juntaba 300 al mes.” Medella puso sobre la mesa un contrato de 2 mil pesos. Florencia tragó saliva. “¿Qué tengo que hacer?”, preguntó. El papel era aparentemente sencillo: debía salir a escena en corpiño y bombacha y gritar “¡Me violaron!” La idea de enfrentar al público en ropa interior le dio pánico, pero era una oferta que no podía rechazar.

Llegó al ensayo el día previo a su debut, en mayo de 1997. Tenía 21 años. “Era una nena”, recuerda la actriz Cinthia Guerra. “Tenía el aspecto de una chiquita desvalida que se escapaba del destino de Godoy Cruz. Llevaba puesto un tallieur hermoso. Era súper femenina y, a la vez, tenía la gracia de un puto jodón.”

Ese día comenzó el proceso de extraversión de nuestra heroína. Y desde entonces todo fue en ascenso.

Capítulo 5: El vértigo de la cima

En los estudios de america que dan a la calle Gorriti, el camarín de Mirtha Legrand permanece cerrado detrás de una estrella dorada. Faltan quince minutos para que empiece el almuerzo y la única comensal todavía no aparece. Una productora de mirada torva merodea el hall con el tranco de un boxeador antes de saltar al ring. Veinte minutos después del mediodía, se abre el portón con un estrépito y un Peugeot gris mete la trompa en la playa de entrada al galpón, desembarazándose de una ristra de fotógrafos, curiosos y buscadores de autógrafos. Florencia de la V (reducido su apellido a una inicial debido a la demanda de una homónima que pretende el nombre en exclusividad) baja del auto forrada en satén y abrigada con un saquito de hilo (“como la Realeza británica”, dirá luego al aire), secundada por un vestuarista, un coiffeur y una jefa de prensa de Ideas del Sur.

Detrás de un par de lentes ahumados, Florencia me saluda con un gesto y entra en un camarín pequeño. Al rato manda llamarme y me dice que le disculpe el montaje del operativo, pero últimamente su vida se convirtió en un lugar extraño. Le digo que almorzar sola en lo de Mirtha Legrand debe ser un acontecimiento extraño. Sonríe sin dejar de hacer puchero frente al espejo. Tiene la elegancia y la frialdad de una diva nacional. Frente a las cámaras, Mirtha dirá que es “la reina de Buenos Aires”. Una manera básica, anticuada y bastante pertinente de definir el momento de una estrella que parece heredar el porte de viejas glorias del espectáculo porteño. “Yo siempre digo que vino bien el ingreso de Florencia en la farándula para que volviera el glamour que estaba perdido”, dice José Luis Ferrando, su vestuarista. “En este país tenemos mucha diva grasa. Y Florencia jode desde un lugar de Carlitos, pero se produce de tal manera que entra en un lugar y rompe todo... Si hoy se va de acá a las carreras de Ascot, la dejan entrar sin problemas.”

Después del postre y el brindis con champagne, se me ordena que suba al remís estacionado en la entrada. Del lado de afuera del estudio, una tropilla de paparazzi espera la salida de la invitada. Mauro Viale se parapeta contra el portón, listo para una nota-emboscada. Florencia sale, responde preguntas con estoica frivolidad, esquiva un par de cámaras y se cuela en el asiento trasero del auto. Camino a su departamento, me dice algo sobre la necesidad de no tener de enemigos a ciertos periodistas “siniestros”.

Desde sus primeros pasos en el espectáculo, Florencia creyó entender “las reglas del juego”, y no le gusta exagerar su papel de luminaria cercada por la prensa. Sabe que su primer territorio de comediante fueron los programas de chimentos. Antes que actriz, fue entrevistada.

Lo que no quita que, en los recientes tiempos de fama exorbitante, el tratamiento que le dispensaron ciertos medios la pusieran al borde de un ataque de nervios, en especial cuando el foco se detuvo en su identidad genérica. En un par de semanas, la factoría de noticias que gira a su alrededor produjo dos títulos ligados a su condición de travesti. Laisa se vistió de chico para una escena dramática de Los Roldán (periodistas como Jorge Rial criticaron el episodio con falso tono proteccionista) y la revista Paparazzi publicó una foto en la que a Florencia, por debajo de la minifalda, se le adivinaba un bulto que bien podía ser un testículo. Lo curioso es que el título de tapa era: “El secreto de Florencia”. “Como si yo hubiera dicho que tenía una concha grande como una cacerola”, me dice con una sonrisa.

Llegamos al departamento de Florencia en Las Cañitas, encajado en un edificio nuevo, de pórtico lustroso. Aquí vive junto a su pareja, Pablo Goycochea, un odontólogo entrerriano (divorciado, dos hijos) al que conoció en el boliche El Angel de Gualeguaychú, hace siete años. La prensa intenta contactarlo periódicamente, pero su intimidad es impenetrable. Cuando llegamos al pallier , se escuchan algunos ruidos del otro lado de la puerta. “¿Estás vestido?”, pregunta Florencia antes de girar la llave. “Sí”, responde él desde adentro.

Tiene la complexión de un patovica, movimientos rápidos y el pelo corto y paradito. En un recreo entre el gimnasio y el consultorio, se mueve vertiginosamente de la cocina al comedor, dos ambientes asépticos, de mobilario sintético, bastante impersonales. Pablo es un tipo simpático, aunque parece tener su carácter. Mientras Florencia se mete en el dormitorio para cambiarse, él comenta algo sobre el ahogo mediático. “Un día de estos se me va a escapar una derecha a mí...”. Cierra el puño y luego baja la voz: “Aparte, a ella le está haciendo mal. No va a terminar bien”. Señala la puerta de la habitación y luego se va del departamento agitando las llaves.

Florencia sale de la pieza sin el vestido de satén: jean, musculosa blanca y sandalias. Tiene el pelo recogido, la cara distendida y un vaso de agua saborizada en la mano. Me ofrece pedir comida por teléfono. Más allá de su bandeja de Dieta Delivery, la heladera está casi vacía. Desde que empezó a trabajar demasiado y debió suspender el gimnasio, comenzó a engordar un poco (está en la edad exacta en que, por la rutina, la preservación de las formas empieza a convertirse en una tarea un tanto ardua). Me lo resume con retórica maradoneana y su típico tono de chusma de barrio: “Trago como vikingo en celo, y no quería terminar como la Gorda Matosas”. Luego se vuelca, dócil, en el sofá y me cuenta su método de supervivencia.

“Desde el momento en que empecé a reírme de mí, el resto dejó de reírse. Yo tengo una conducta muy femenina, por eso no me molesta decir lo que digo, ni me molestó vestirme de varón para el programa. Si bien el medio me acepta, siempre me tiraron esa de «Eh, Florencia, que el paquete, que esquivemos el bulto...» Siempre se mofaron de mi condición. Y ahora, cuando en un programa, con un libreto, tengo que hacer de varón, salen a cuestionar un montón de pelotudeces: «Eh, nosotros la compramos de mujer...» Primero me joden con que me afeito antes de salir a los Martín Fierro y después dicen que siempre me vieron mujer. Es un discurso pelotudo y de gente chata. Por eso trato de no prenderme.”

Cuando salimos a la calle, lleva una campera de cuero negra, tacos altos y lentes oscuros. La gente la observa con una sonrisa incrédula: esa señora no tiene mucho que ver con Laisa Roldán. Nos subimos a su coche nuevo, un Ford Ka azul oscuro al que ella llama el “Laisa Móvil”. Apenas salimos del garaje, un auto clava los frenos a pocos centímetros de nuestro paragolpes trasero. Florencia no parece darse cuenta de lo cerca que estuvimos de chocar.

Cómo decirlo... Sentado en el asiento del acompañante, tengo la sensación de que el parabrisas está demasiado cerca de mis narices. En el tramo que va de su casa a Ideas del Sur, mientras suena el disco de Bebo & Cigala, ella conversa con su gracia habitual y pisa los frenos sin muchos escrúpulos. Si el imaginario vial misógino indica que las mujeres son malas al volante, puedo decir que Florencia es absolutamente femenina.

Antes, en la intimidad de su casa, me había dicho que, para ella, el público relegó a segundo plano el factor travesti, aunque sabe que “la inserción en la sociedad todavía cuesta”. Y trata de recordar qué cambió desde los viejos tiempos. “En mi barrio estaba el Tuerto Mario, que era un puto más feo que una deuda. Pero hacía cosas de costura, no era prostituta. Después estaba la Cacho, de Loma Verde, y todo el mundo la trataba de mujer. En los barrios bajos está mucho más asumido el travestismo. Son más respetadas.”

Cuando empezó a usar pollera, los infames Edictos Policiales ya estaban vigentes, de modo que el travestismo era motivo de detención. “Yo nunca tuve problemas con la policía, porque siempre fui muy discreta. Nunca quise ser una zarpada. Temía que, por ser divertida, piensen que estaba regalada. Y así, los hombres que se me acercaban nunca me trataron como a una más.”

Esa distancia que Florencia expresa respecto “del gremio” es la que hace que no goce de la simpatía de algunas travestis. “Ella sólo se representa a sí misma”, dice Lohana Berkins, maestra y militante al frente de alitt (Asociación de Lucha por la Identidad Travesti Transexual). “No creo que, por ser travesti, tenga que hacerse cargo de toda la comunidad. Pero sí creo que es un poco violenta la manera en que desconoce al mundo al que pertenece. En ella hay imágenes de una comunidad preexistente, que fue estableciéndose en la sociedad. Ninguna travesti se autoconstruye.”

Hace tiempo que Florencia se adueñó de su destino, subvirtiendo todo aquello que en su vida, a priori, parecía inevitable. Y así como supo desentenderse de su condición cromosomática, ahora desmiente lo que la teoría queer progresista presupone de una travesti. La postura (a)política de de la V (más cercana al pensamiento medio de la pequeña burguesía que al de las chicas de Godoy Cruz) es una prueba de que la travestización, o cualquier otra elección genérica o sexual, no contempla necesariamente la inclusión de un marco ideológico acorde.

Cuando le menciono el Código de Convivencia y los incidentes en la Legislatura, comenta: “Me parece vergonzoso que no se pueda terminar de votar una ley. Por otro lado, andá a París a tocar un edificio histórico: ¡te meten preso de por vida! No sé, es respetable desde los dos lugares. La gente no quiere que le cojan en la puerta y los travestis no se quieren mover. Es complicado”.

Para Lohana, el lugar de popularidad que ocupa Florencia no contribuye en nada a la causa. “Creo que los mismos que pagan los 40 pesos para verla en el teatro, o los que miran Los Roldán , son los mismos que piden a gritos la vuelta de los Edictos Policiales y todo tipo de castigo, segregación y zonas rojas para las travestis. Esta es la contradicción que produce el fenómeno Florencia de la V.”

Capítulo 6: Entre tus piernas

La sesión de fotos para esta entrevista se hace en una de las mañanas más frías del año. Una turbina de aire caliente, dispuesta en el centro del patio de un caserón derruido, evita que Florencia se escarche, desnuda, entre un par de macetones y una pared descascarada. Su entrega a la lente es total, por momentos sobrecogedora. No sólo por el frío, sino porque su cuerpo, en estos días, es el foco de un montaje mediático obsceno. A ella no parece importarle mucho.

Entre toma y toma, su equipo de producción (maquilladora, estilista, vestuarista) trabaja sobre su imagen en una habitación que da al frente del ph. Se improvisa una charla de peluquería en la que la mitad de la farándula termina dialécticamente triturada. “Cómo le gusta la garcha” (sobre una cachorra con fama de reventada.) “Mostrale 500 pesos y vas a ver cómo entiende, ese gato” (sobre una vedette en leve ascenso.)

Curiosamente, Florencia no tiene agente de prensa personal, ni manager, de manera que ella misma se encarga de responder los llamados y concertar entrevistas. “A medida que fui creciendo artísticamente, me gustó más estar sola. Como todo el tiempo estoy con tanta gente, prefiero tener momentos para descansar la cabeza. Me gusta tener el control sobre todo.” Su celular vibra a un promedio de tres veces en diez minutos. Ahí va de nuevo. Llaman del local La Mejor Flor, preguntando qué dedicatoria acompañará el ramo para Mirtha Legrand. “Ay, no sé, inventate uno”, le pide Florencia a su vestuarista.

“¿Ves, Pablito? No puedo estar en todo”, me dice a través del espejo (casi siempre Florencia me habla a través de un espejo). “Producirme para las fotos, hacer la nota con vos, pensar una dedicatoria... Es too much.” El peluquero le adosa un aplique rubio. Florencia ladea la cabeza y entorna los párpados. “En algún momento me voy a tener que platinar. A la gente le gusta el rubio, ¿no te parece?”, consulta. Levanto los hombros. “Sí, el platinado da diva. A la gente le decís diva y piensa en una rubia”, intenta convencerse. “¿Qué más me falta para ser diva? Un divorcio tormentoso...”. “Y ponerle un restaurante a tu ex”, tercia uno de los asistentes, y todos estallamos en un concierto de risas digno del área de secadores de una peluquería.

En mi segunda visita al camarín del Lola Membrives descubro que, en ese proceso de consagrarse una diva completa, le faltaba algo más que un divorcio tormentoso. Y el detalle está ahí, acurrucado en la falda de su bata de terciopelo rojo: una bolita de algodón de dos meses a la que Florencia bautizó Cayetano (lo compró esa misma tarde, 7 de agosto, día del santo patrono de los trabajadores). Es un maltés enano muy chic, el pichicho adecuado para una estrella de la calle Corrientes y de la franja familiar de Telefé. “Quería un perro grande, un Golden Retriever, pero esos te comen todos los muebles”, me explica y tuerce la boca.

Florencia había ido a Easy, en verdad, a comprar una soldadora para el marido de su madrina, un herrero con el que trabajó cuando era chico. Semanas atrás, le saquearon su taller de Llavallol, así que quiso darle una mano. No consiguió la soldadora, pero en la vidriera de la veterinaria de Jumbo se encontró con este cachorro esponjoso y decidió adoptarlo. Le dijo a la vendedora que era para su sobrina. Mentira.

Los vendedores se sorprenden cuando ven a Florencia en el mundo real. Tan sobria, tan poco Laisa. “El hecho de hacer de travesti en la televisión me llevó años de terapia, el poder separar mi vida de la ficción. Por eso me salió este personaje tan rico y gracioso. Laisa es un invento, una construcción mía, y eso me da la libertad de llevarla a un punto límite. Aunque puede que sea mi inconsciente. Capaz que en el fondo soy una travesti comparsera.”

Cuando observe por primera vez los contactos de las fotos, recordé las horas en que estuvo en el patio del caserón, desnuda y entregada a la cámara. Contra esa pared, la humanidad de Florencia parecía sintetizar todo lo que alguna vez fue y aquello que ha dejado de ser. Su anatomía es, de algún modo, la cartografía de una transformación. Las marcas quirúrgicas en los pezones, las crestas angulosas de la cadera, el tatuaje gótico que tiene a la altura de la ingle, las uñas recortadas como cuchillas, el “conchero” para “trucar” sus genitales, los muslos tonificados y espléndidos, el semblante rígido, la sonrisa profesional.

Estaba envuelta en su bata roja y tenía unas zapatillas Puma gastadas que suele usar para descansar de los tacos. Se había despertado a las seis de la mañana y mantenía su proverbial simpatía distante. En el momento de enfrentar a la cámara, anteponía una fachada de seducción y frialdad que me resultó admirable y, por alguna razón, remotamente triste.

Quizá porque, en esos días de estruendo mediático, su masculinidad subyacente despertaba todo tipo de sensaciones: curiosidad sexual, alcahuetería morbosa o fascinación estética. Florencia pondera todas las variantes. Ninguna la incomoda (al menos eso dice.) Evidentemente, la chica a la que le avergonzaba ponerse las plumas en Carnaval ha recorrido un largo camino. “Tengo una relación tranquila con todo mi cuerpo”, me dijo al día siguiente en el camarín de Laisa, metida en un vestidito de lycra corto y escotado.

–Y eso incluye tus genitales, supongo.

–Obvio. Si no, ya me hubiera operado. Hay muchas transexuales que dicen que nacieron en el cuerpo equivocado. Para mí, hacerte una vagina no te hace ni más ni menos mujer. Yo nunca me voy a olvidar de lo que fui cuando nací, en lo que me fui transformando y en lo que decidí ser. Si hoy elijo vivir como travesti y mañana elijo operarme, será otro momento. No creo en eso de la mujer completa. Algunas tienen mucha mística con eso, con que vinieron en el envase equivocado. Para mí es un chamuyo.

En lo que para ella será el insólito invierno de 2004, su posible operación de cambio de sexo se convirtió en una especie de asunto de Estado, tema de conversación de panadería y de patio escolar. “Son cosas que siempre dije, pero ahora se amplifican demasiado”, asume. “Por suerte, la gente que va al teatro no paga para ver al travesti: paga para ver lo que hago artísticamente. Y el día que me quiera hacer una concha, me la haré porque se me cantan las pelotas. Nunca me importó el qué dirán. Por eso soy lo que soy. Si algo prioricé siempre fue mi felicidad, no lo que pretendían los demás. Siempre intenté agradarme a mí, antes que a otro. Y para vivir así tuve que asumirme y estar tranquila con todo mi cuerpo, con lo que soy. Tengo que acostumbrarme a que de todo se hable en público, ya lo sé. Pero también sé que todo pasa, nada dura.

Pablo Plotkin

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

Muy buena la nota, bien llevada por Pablo, dònde se ve el lado humano, real, sincero del entrevistado, te felicito
Josè